lunes, 20 de octubre de 2008

comida familiar

De las cosas buenas que mi última relación me dejó -bueno, no la última sino la más reciente- fue el acercarme un poco más a mi familia. Hoy mis tres sobrinas y mi sobrino me reconocen, lo que antes realmente no pasaba. Hoy mi cuñada o mi hermana me hablan y me dejan serios y tímidos mensajes en la contestadora invitándome a algún cumpleaños o fiestecilla de índole familiar.

Aunque sé que no voy a pertener totalmente a ese estrecho y amueganado grupo familiar, me encanta tenerlos por ahí, cerca. Me conmueven, formo parte y no, formo parte y sin embargo soy también una observadora que mira desde fuera, me gusta verme y vivirme ahí, por un rato de vez en cuando y compartir esos tramos.

Así que el sábado llegue con dos pasteles, mi ex y su hijo al cumpleaños de mi padre -66 añitos- y, pues bueno, ahí estuve, partiendo los pasteles, comiendo barbacoa, jugando con los chamacos, defendiendo los derechos de mis sobrinas -en ningún lugar puedo evitar mi veta feminista, sorry-, recordando, riéndome mucho con ese humor simple, fácil y generoso y sin cuestionamientos que tiene esa familia mía.

Agradecí mucho la vida de mi papá: un alcohólico redimido, si es que hay tal cosa, durante mucho tiempo tristísimo y solo por la muerte de su primera esposa -mi mamá, en un accidente-, mal esposo y parrandero a morir con la segunda -al menos durante los primeros años- y sin embargo, hoy, un papá adorado por sus hijos, un abuelo lelo y chocho y consentidor con sus nietos, un buen compañero para su mujer, un señor que esconde sus dulces en lugares insólitos para que sus nietos no se los acaben... Y a jalones y estirones teniendo la vida que quiere.

Así que estuve ahí, celebrando los 66 años del patriarca... fue muy chido, muy conmovedor. ¡Gracias por ese trozo de familia convencional que en realidad nunca he tenido del todo!

cc

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