jueves, 27 de noviembre de 2008

un día hermoso

me tomé este jueves libre en el trabajo, porque estoy agotada, tengo mucha tarea y me deben varias vacaciones.

Bueno, la onda es que mi amiga Nash y yo queremos ser voluntarias en un lugar que se llama Refugio Xochiquetzal, que es un asilo para ancianas prostitutas que no tienen donde vivir, familia, etc. Así que nos internamos más allá del centro de la ciudad, onda Tepito, Merced, Mixcalco, onda comercio ambulante, economía ilegal, culto santa muerte, con el objeto de ir al refugio y ver qué podemos hacer, como podemos apoyar a ese espacio para que subsista y tal.
Llegamos, con algo de dificultad, mucho tráfico, no encontrábamos las calles, íbamos entre puestos, prostitutas, teporochos dormidos a mitad de la banqueta, en fin: el caos maravilloso del centro, que parece como del fin del mundo. Llegamos y no nos recibieron, nos postergaron la cita para la próxima semana. Y, claro, volveremos la próxima semana, eso ya se los contaré, tenemos varios proyectos y queremos hacer varias cosas para el refugio y para la gente que vive ahí. Y, claro, para nosotras.

Pero, bueno, estando por ahí aprovechamos para caminar y vivir esa parte de la ciudad tan intensa, tan vital, tan bulliciosa. Fuimos a la catedral más pequeña del mundo, que mide unos 10 metros yo creo, pero a pesar de su tamaño tiene las características arquitectónicas de una catedral, como su retablo y sus cúpulas, es del siglo XVII y es territorio comanche: el INAH no la restaura, así que la restauración y el mantenimiento están hechos de tal forma que se ve medio pirata. La catedral es la iglesia del santo de los cacos, o sea de los rateros, que ahí van a pedir para que sus negocitos les vayan bien. Nash nunca la había visto abierta, pero tuvimos la suerte no sólo de que estuviera abierta, sino también de que estuvieran oficiando misa, y, bueno caben como 8 personas y pues sí, tenía lleno total y había gente afuera. ¿Quien va a misa un jueves a eso de las 12 del día? Pero sí, había gente: niños, madres, gente mayor. Muy padre, la verdad. Una joyita perdida en medio de la orilla del centro de la ciudad. Cuando fue construida, esta zona era la periferia de la ciudad.

De ahí nos fuimos a esas viejas calles limpias de puestos que están atrás del palacio nacional, pues quería yo mostrarle a Nash todas las estatuas de la santa muerte que te encuentras a media banqueta, más o menos cada calle. Nos gusta el centro, las pulcatas, la desmesura del mediodía y el gentío.

Para rematar, como teníamos ganas de shopping, fuimos a tiendas de herbolaria, donde además de yerbas maravillosas para infusiones de medicina tradicional hay unas cosas loquísimas: lociones para dominar al amante, para retener al marido, para la buena vibra, para los 7 machos, para atraer los negocios, para tener energía sexual, bastante folclóricas, la verdad. Y muchos budas y santas muertes de todos colores a la venta. Preguntamos cual de esas efigies tenía más clientela. La santa muerte, está por demás decirlo, es la más socorrida...

Me sentí segura, adoré aún más mi ciudad, mi vida de chilanga, jugándome la vida en ejes viales donde los bicicletistas van en sentido contrario -sin casco- donde se te meten carros por todos lados, donde el tiempo para los automóviles está parado, es lento, no importa si hay luz roja o verde en el semáforo.

Estuvo tan chingón ese recorrido, que hasta tuve la energía de tomar una clase de kundalini yoga de hora y media en la tardecita.

Que baño de DF profundo me di hoy, ¡chingao! estoy feliz....

cc

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